viernes, 27 de marzo de 2009
martes, 6 de enero de 2009
Deprisa, deprisa... tomemos nuestro "soma"...
Los expertos alertan del exceso de medicación para trastornos leves
La generación Prozac ya ha desbancado a los epígonos de Freud. Los psicofármacos le ganan la partida a las terapias clásicas y, pese a que algunos profesionales subrayan que la crisis propicia las consultas, el diván del psicoanálisis queda vacante por el consumo -a veces abusivo- de pastillas. Píldoras para combatir el estrés, la ansiedad o los trastornos del sueño circulan de mano en mano, prescritas por el médico cuando no recomendadas por algún conocido. Hablamos de trastornos leves y moderados, no de patologías severas; de un paso más en la medicalización de situaciones cotidianas, fenómeno del que alertó hace tiempo la prestigiosa revista científica British Medical Journal, entre otras voces autorizadas.
El psicoanálisis en el sentido clásico pierde fuelle, sobre todo en EE UU, según datos de los Archives of General Psychiatry. Las terapias de diván representan hoy en ese país el 29% del total de la atención psicológica, frente al 44% que suponían hace diez años. Su elevado coste hace de ellas un bien de lujo reservado a una élite, pero en la deserción también influye el sistema de reembolso de los seguros médicos estadounidenses, más proclives a sufragar gastos farmacéuticos.La económica es una barrera, es cierto... Si en la atención privada hay que pagar precios que pueden ser prohibitivos en época de crisis -en España, una sesión de psicoterapia cuesta de 70 a 150 euros-, y la pública es deficitaria ("ven al paciente una vez al mes, como mucho", dice la psicoanalista), resulta más comprensible la opción farmacológica. "Vivimos en una época en que se prima la eficacia. Hay poca tolerancia a los reveses, al conflicto y al dolor. Por eso recurrimos a la pastilla, aunque sea una solución momentánea, un dopaje", explica Queipo.
... A favor del consumo de pastillas juega "una variabilidad farmacológica tremenda", así como la banalización de su uso y del riesgo de adicción que implican, según Vicente Prieto Cabra, especialista en psicología clínica y vocal del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid. "Hay tendencia a consumir el fármaco al mínimo síntoma, y también a la automedicación. El uso de psicofármacos ya está incorporado a la normalidad y, ya que en la farmacia no los venden sin receta, siempre hay un compañero o un amigo que te los dan", señala.
"Hay una relación directa entre la inmediatez que imponen los tiempos y la incapacidad de enfrentarse a situaciones cotidianas normales. El Prozac marcó un antes y un después: con el mínimo esfuerzo de ingerir una pastilla se obtienen resultados gratificantes y rápidos. Estamos viendo generaciones enteras de personas no entrenadas en desarrollar recursos personales para gestionar malestares cotidianos. No hay que utilizar fármacos para aliviar un duelo, una ruptura o un problema de trabajo", aconseja.
La edad de quienes acuden a una consulta de atención primaria en demanda de psicofármacos llama la atención a Elvira Díaz de Tuesta, médico de familia en un centro de salud madrileño. "La gente llega pidiendo pastillas, quiere solucionarlo todo con ellas: una depresión, problemas de sueño, una ruptura sentimental, la mala relación con los hijos. Y el perfil es cada vez más joven, chicos que acuden a consulta porque han discutido con su pareja. Muy pocos vienen pidiendo atención psicológica".
... Como quien aprieta el botón del mando a distancia, el sujeto hace presión para obtener la pastilla-milagro que acabará, de un plumazo, con una insatisfacción, un malestar poco específico o una contrariedad con nombre y apellido. Es un gesto cotidiano que va camino de convertirse en acto reflejo gracias a la creciente medicalización de los estilos de vida. "La industria farmacéutica presiona desde los años cincuenta para que se medicalicen situaciones cotidianas" [!pasta, pasta¡]. señala Nuria Romo, antropóloga de la Universidad de Granada, en referencia a una tendencia que se inició con la medicación de las disfunciones sexuales. "Son las llamadas 'medicinas de los estilos de vida'", añade.
Otro antropólogo, Ángel Martínez Hernáez, profesor de la Universidad Rovira i Virgili, de Tarragona, habla de una "mercantilización de los estados de ánimo". Pero ambos se refieren a lo mismo, a malestares y trastornos menores propios de un estilo de vida que imprime vértigo, inmediatez y perentoria efectividad y que se cobra, en forma de dificultades del sueño, depresión leve, ansiedad o estrés, el desajuste existente entre la realidad, las expectativas y las exigencias.
Las multinacionales farmacéuticas hacen el agosto, apuntan varios de los profesionales consultados, y como muestra vale un dato: del total de tranquilizantes recetados en España hasta octubre de 2008, el 89,29% eran marcas comerciales, y el resto (10,71%), genéricos, según la consultora IMS Health. "El porcentaje de psicotrópicos genéricos en la factura farmacéutica es aún pequeñísimo", asegura Ángel Luis Rodríguez de la Cuerda, presidente de la Asociación Española de Fabricantes de Sustancias y Especialidades Farmacéuticas Genéricas.
"No obstante, están más extendidos en el tratamiento de patologías menores. Es el caso por ejemplo de la fluoxetina, el principio activo del Prozac, o la paroxetina. Pero un uso generalizado de genéricos podría suponer un ahorro enorme en el gasto farmacéutico". Cuotas de mercado al margen, hay un enésimo factor que explica el abuso de psicofármacos, o, en palabras de la psicoanalista Victoria Queipo, "la ingesta de Lexatín como si se tratara de un caramelo".
Según la antropóloga Nuria Romo, frente a los psicofármacos "hay permisividad social... Romo señala la última encuesta del Plan Nacional sobre Drogas referida a adolescentes, que refleja realidades como que "las chicas consumen tres veces más que los chicos. Las madres trasladan el ejemplo de normalidad y legalidad a sus hijas, y eso es muy preocupante por la falsa percepción que acarrean. Hay una frontera muy porosa entre drogas y medicamentos".
"El sistema público es deficiente. Los servicios de salud mental están saturados, con periodos de tres y cuatro meses de demora. Cuando el paciente recibe atención, es visto una vez cada tres o cuatro semanas. Eso explica también el recurso generalizado al fármaco", explica la psicóloga clínica Mónica Martín Gil, de la mutua Fraternidad Muprespa. "En el caso de trastornos menores, se recurre al psicofármaco porque aplaca el síntoma, pero no debemos olvidar que los ansiolíticos, que son fármacos que a diferencia de los antidepresivos no producen cambios en la estructura interna del cerebro, apagan el fuego pero dejan las ascuas", añade.
Condiciones de trabajo cada vez más precarias -y agravadas además por la crisis-, generaciones que han desterrado de su vocabulario las palabras frustración, sufrimiento o fracaso -"frustrar es poner límites y crear mecanismos de defensa, y en esto los padres no están enseñando a los hijos", recuerda Martín Gil-, y "un mejor nivel de vida que no ha venido acompañado de mayor calidad de vida", en definición de Romo, constituyen un fermento para la insatisfacción. ¿Pueden contribuir a ello también las etiquetas, los titulares más o menos afortunados, los felices hallazgos de los síndromes? La psicoanalista Victoria Queipo cree que se abusa, "con frivolidad", de síndromes psicológicos de nuevo cuño, y pone un ejemplo, el del posvacacional. "Hay un exceso de etiquetas. Algo que es naturalmente fastidioso, como volver al trabajo tras las vacaciones, se está medicalizando, o convirtiendo en carne de cañón psicológica. ¡Pero si sólo es un fastidio, no un trastorno...!"...
"Psicología moderna en poco tiempo y a bajo coste". Sin diván, mal que les pese a célebres asiduos como Woody Allen, pero con otro fetichismo añadido, el de la pastilla mágica que proporciona una vida casi perfecta.
P.D. Introduce sólo "Huxley" en la Wiki para saber más de esta fascinante familia... Y si te gusta la música que sepas que los Doors tomaron su nombre de una obra de Aldous Huxley "The Doors of Perception/Las Puertas de la Percepción"...
sábado, 20 de diciembre de 2008
El torturador que llevamos dentro

¿Es usted incapaz de matar a una mosca? ¿Seguro? Eso creían los voluntarios de un ensayo que ha hecho la Asociación Estadounidense de Psicología, y el resultado no ha podido ser más desalentador: un 70% de nosotros somos capaces de aplicar descargas eléctricas a otra persona sólo si se nos dice que podemos hacerlo. Da igual el motivo. En este caso, contestar mal a una pregunta académica.
El ensayo muestra que si se coge a un grupo de estudiantes universitarios y se le permite castigar a un colega cada vez que se equivoca, la mayoría lo hace, aunque estén viendo y oyendo los gritos y las convulsiones de sus víctimas. Si alguien ajeno al experimento entra en la sala y les pregunta qué hacen, son capaces de explicárselo sin inmutarse. El trabajo se publicará en enero en la revista American Psycologist.
El ensayo tenía un único truco. Para asegurarse de que recibían la probación de las autoridades, los diseñadores del trabajo tuvieron que garantizar que los torturados no iban a sufrir ningún dolor: para ello se contrataron actores que fingían las reacciones cuando el torturador le daba al botón. Pero tiene validez porque los estudiantes -que creían que estaban participando en un ensayo sobre el aguante al dolor- no sabían que todo era un montaje. La mayoría llegó al máximo permitido, a pesar de que se les avisó tres veces de que podían dejar el ensayo y que no por eso iban a perder los 50 dólares (35 euros) con que se recompensaba a los voluntarios.
Si la historia le suena, no le extrañe. El estudio es una copia mejorada de otro famoso hecho por el profesor de Yale Stanley Milgram en 1961. Aquella vez, los estudiantes tenían la posibilidad de ir aumentando gradualmente el voltaje de la descarga, de 150 voltios a 450. Un 70% llegó hasta el final, a pesar de que los actores fingieron desmayos y pérdidas de conocimiento. Pero luego, cuando se dieron cuenta de lo que habían sido capaces de hacer, sufrieron remordimientos, problemas de ansiedad e insomnio. Para evitarles ese malestar a los voluntarios, esta vez la intensidad del castigo se limitó, ficticiamente, a 150 voltios: suficiente para una sacudida pero poco más.
La triste conclusión es que (casi) nadie está exento de ser un torturador si se le otorga la suficiente autoridad, se le convence de que está actuando por una buena causa, o se le ofrecen 35 euros. Y que en más de 40 años, los que han pasado del primer ensayo a este último, la humanidad no ha mejorado nada en ese aspecto.
Publicado por El País
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Diógenes y los Cínicos
Diógenes es el sabio cínico más cautivante, al punto que su figura se ha convertido en una leyenda. Vivía en un tonel. Su aspecto era descuidado y su estilo burlón. Era en extremo transgresor. Platón llegó a decir de él que era "un Sócrates que se había vuelto loco".Nació en Sínope, en la actual Turquía, en el año 413 a.C. Por cuestiones económicas fue desterrado de su ciudad natal, hecho que tomó con cierta ironía: «Ellos me condenan a irme y yo los condeno a quedarse.» Fue así que anduvo por Esparta, Corinto y Atenas. En esta última ciudad, frecuentando el gimnasio Cinosargo, se hizo discípulo de Antístenes.A partir de entonces adoptó la indumentaria, las ideas y el estilo de vida de los cínicos.
Este singular personaje de la antigüedad, relevante por su comportamiento coherente e íntegro, que contrasta notablemente con la conducta del hombre fragmentado de nuestra época aferrado a las cosas materiales, que piensa una cosa, hace otra y dice otra; propone una forma de pensamiento práctico similar al de Sócrates, sosteniendo la hipótesis de que la moral se puede enseñar, postura contraria al estricto conocimiento teórico.
La premisa de este filósofo, como la de otros de esa época, era el retorno a lo natural y descartar lo que la conformidad con el resto de la sociedad o la conveniencia pudiera indicar; desconfiando de las ciencias y apoyando el universalismo.
Su comportamiento se asemejaba más a los sofistas que durante la etapa presocrática eran considerados personajes de gran sabiduría, cualidad que después de esa época perdieron, debido a su comportamiento especulativo e interesado para enseñar a los políticos el arte de la palabra para convencer.
Diógenes vivió en la más absoluta austeridad y criticó sin piedad las instituciones sociales. Su comida era sencilla. Dormía en la calle o bajo algún pórtico. Mostraba su desprecio por las normas sociales comiendo carne cruda, haciendo sus necesidades fisiológicas, manteniendo relaciones sexuales en la vía pública, y escribiendo a favor del incesto y el canibalismo. Se burlaba de los hombres cultos —que leían los sufrimientos de Ulises en la Odisea mientras desatendían los suyos propios— y de los sofistas y los teóricos —que se ocupaban de hacer valer la verdad y no de practicarla—. También menospreciaba las Ciencias (la Geometría, la Astronomía y la Música) que no conducían a la verdadera felicidad, a la autosuficiencia.
En una oportunidad salió a una plaza de Atenas en pleno día portando una lámpara. Mientras caminaba decía: «Busco a un hombre.» «La ciudad está llena de hombres», le dijeron. A lo que él respondió: «Busco a un hombre de verdad, uno que viva por sí mismo [no un indiferenciado miembro del rebaño].»Una vez, al ver cómo unos sacerdotes llevaban detenido a un sacristán que había robado un copón, exclamó: «Los grandes ladrones han apresado al pequeño.» Cuando necesitaba dinero para comprar comida, se lo reclamaba a alguno de sus amigos y, si éste se demoraba, le decía: «Te pido para mi comida, no para mi entierro.»
Diógenes sólo tenía lo que llevaba puesto y se resistía a conservar algo. Es conocida la anécdota sobre su encuentro con Alejandro Magno, cuando frente a él le preguntó si podía ayudarlo; a lo que él le contestó que sí, que necesitaba que se movera pues le estaba haciendo sombra.
Murió en Corinto en el año 327 a.C. Algunos afirman que se suicidó conteniendo el aliento; otros que falleció por las mordeduras de un perro; y otros que murió como consecuencia de una intoxicación por comer carne de pulpo cruda.
lunes, 15 de diciembre de 2008
Los amos del mundo
Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla del ordenador, su futuro y el de sus hijos. Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o un índice de probabilidad del cero coma cero .
Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio, o al revés, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management , y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo.
Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo. Porque siempre ganan ellos, cuando ganan; y nunca pierden ellos, cuando pierden. No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tienen que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la Tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro. Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder. El riesgo es mínimo.
Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia. Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático, y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados. Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días. Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja. Y de pronto resulta que no.
De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad. Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces, ¡oh, prodigio!, mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no. Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos, y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda.. Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la paga con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con su puesto de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida. Eso es lo que viene, me temo.
Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena. Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.
En la red: La revuelta de Grecia
Cuando Gertrude Stein dijo a Hemingway aquello de ‘You're all a Lost Generation (algo así como ‘todos vosotros formáis parte de una Generación Perdida’) no sabía la que había liado. El propio Hemingway se encargó de divulgar a los cuatro vientos esa expresión, y desde entonces el concepto de generación perdida se aplica de forma recurrente. Como una especie de metáfora del fracaso juvenil.
A veces se ha utilizado ese vocablo para referirse a ciertos momentos históricos en los que una generación es dilapidada por falta de oportunidades, y que vive atrapada por una evidente disfunción entre la realidad y lo que promete el sistema económico. No hay empleo, y el que hay es de baja calidad y de escueto salario, lo que puede explicar los brotes de ira juvenil que periódicamente saltan a la opinión pública.
No se trata de movimientos políticamente articulados, pero tienen un sustrato común: su aversión hacia un sistema político que les promete lo que no puede cumplir. Ciertos analistas -como Gustavo de Arístegui- han identificado esos movimientos como radicales y violentos, y los han llegado a situar en una extrema izquierda rayana con el fascismo de los años 30, donde al calor del desempleo que provocó la República de Weimar se creó un caldo de cultivo que hizo posible el resurgimiento de los totalitarismos.
Arístegui, al igual que otros autores, sitúa el origen de ese movimiento antisistema en la ciudad norteamericana de Seattle, la patria de Microsoft, donde decenas de miles de jóvenes reventaron en 1999 la cumbre de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Aquellas protestas retrasaron la liberalización del comercio mundial, y a la vista del éxito mediático y organizativo tuvieron continuidad en los años posteriores. Con especial intensidad en la asamblea anual conjunta del FMI y el Banco Mundial celebrada en Praga casi un año después.
Muchos analistas conocen ese movimiento antisistema como N-30, toda vez que la batalla campal de Seattle comenzó un 30 de noviembre. Inicialmente se habló de ellos como contrarios a la globalización, pero posteriormente se han identificado como alterglobalización. O lo que es lo mismo, no se ataca la libertad de comercio, sino el imperialismo de nuevo cuño que imponen las empresas multinacionales y los gobiernos democráticos de los países más desarrollados a las naciones más pobres del planeta. La frase ‘Otro Mundo es Posible’, resume su ideario.
Los sucesos de Grecia han devuelto a la actualidad aquellos sucesos. ¿Estamos ante una nueva revuelta callejera protagonizada por jóvenes desencantados con el sistema económico? O, simplemente, como sugiere Arístegui, ¿estamos ante algaradas instrumentadas por poderes ocultos que lo único que quieren es acabar con la democracia que proclama Occidente?
Desconozco si Arístegui estuvo personalmente en la cumbre de Seattle o Praga, pero para los que callejeamos en aquellos días por la capital checa parece difícil creer (y menos observar) que detrás de aquellas protestas se escondía una ‘mano invisible’ -muy distinta a la de Adam Smith- empeñada en cambiar el curso de la historia a golpe de adoquinazo o coctel molotov. Parece obvio que en aquellas revueltas participaron grupos violentos que recuperaron los movimientos de guerrilla urbano de la Italia de los años 70, pero sería absurdo pensar que detrás de esas acciones no existe un descontento real de miles de jóvenes insatisfechos. Hartos de ver tanta miseria por televisión. La ajena y la propia. La violencia (a todas luces una calamidad) es, por lo tanto, la expresión más evidente de la decepción juvenil. La consecuencia más lamentable, pero no la causa del problema.
La yesca ha prendido circunstancialmente (por la muerte de un joven), pero parece evidente que detrás de este tipo de revueltas siempre hay condiciones objetivas que explican su expansión. Ocurrió en Los Ángeles hace 16 años (caso Rodney King). O más recientemente en París, tras la muerte de dos chicos que huían de la policía, y después de que un tal Nicolás Sarkozy (por entonces ministro del Interior) llamara "escoria" a los manifestantes.
El león dormido del descontento social es el que puede salir del su letargo en cualquier momento. Y ahí está aquel célebre ‘cojo Manteca’, que se hizo célebre a mediados de los años 80 y se llevó por delante al ministro Maravall. Que nadie olvide que en Grecia el paro afecta al 21,4% de la población menor de 25 años, mientras que en España la tasa de desempleo entre ese colectivo se sitúa ya en el 25,3%. Mientras que el paro en Grecia (en el conjunto de la población) se sitúa en el 7,5%, en España (datos desestacionalizados) se alcanza ya el 12,8%.
Habrá quien piense que la realidad en ambos países es distinta debido a que España es más rica que Grecia (106% de la media de la UE frente al 95% en el caso heleno en términos de poder de compra); pero no estará de más recordar que el porcentaje de jóvenes entre 20 y 24 años que ha superado el último curso de la educación secundaria es sensiblemente mayor en Grecia (un 82%) que en España (61%), donde, además, la población inmigrante es netamente más elevada.
Puede servir de consuelo pensar que el Estado de bienestar español es más abundante que el griego, pero se equivocan quienes crean que así son las cosas. La protección social en España representa el 20,8% del PIB, mientras que en la patria de los Karamanlis y los Papandreu (las dos familias que han gobernado el país en el último medio siglo) se alcanza el 24,2% del Producto Interior Bruto. En ambos países, además, el riesgo de pobreza es similar, en torno al 21% de los hogares. Y frente a lo que suelen repetir los medios de comunicación estos días, Grecia disfruta -en medio de una severa recesión en la UE- de una sólida prosperidad económica. Desde 1999, crece por encima del 3% (salvo el 2,9% cosechado en 2005), y este mismo año cerrará el ejercicio en un más que digno 3,1%. Pero es que la Comisión Europea ha estimado un aumento del PIB por encima del 2,5% para los dos próximos ejercicios. frente a la recesióin española.
¿Quiere decir esto que estamos ante próximas revueltas sociales en España? No necesariamente, siempre que se hagan bien las cosas y funcionen los sistema de alerta social. Lo positivo es que por el momento se trata de revueltas sociales que no están articuladas políticamente, lo que impide que ese caldo de cultivo fructifique. ¿Hasta cuándo?
Publicado en "El Confidencial"



